Octubre de 1964. Tokio. Mientras el polvo de un agrio destino caía sobre el futbol argentino, la FIFA anunciaba que México sería el anfitrión del Mundial de 1970. Acentuando la ironía del destino, Manuel Seyde, un cronista del diario Excélsior, se encontraba a la sombra de un bar japonés. En medio de un ambiente cargado de orgullo y esperanzas, un periodista sudamericano le lanzó una pregunta que resonaría en su mente: “¿Con qué equipo van a jugar ustedes ese Mundial?”.
Frente a la vacuidad de una respuesta que podría haber sido un desplante, Seyde optó por la honestidad: “Yo no voy a jugar, únicamente voy a ver y a escribir”.
La Dichosa Realidad Mexicana
A su regreso a la redacción, Seyde se dio cuenta de que su país carecía de un equipo competitivo que soñara con hazañas futbolísticas. Sin embargo, animado por la reciente designación del país como sede de los Juegos Olímpicos de 1968, se preguntó si un Mundial, con la majestuosidad del nuevo Estadio Azteca, sería el siguiente paso lógico en la travesía de su nación.
Desde ese momento, aunque el coloso no parecía destinado a coronar a un México campeón, sí se proyectaba como el escenario perfecto para relatar más que una simple “fiesta del alarido”. Era un lugar donde el país aprendería a pelear, a través de derrotas y victorias, a encontrar su lugar en el mundo del futbol.

Un Barrio en Transformación
La construcción del Estadio Azteca comenzó a mediados de 1962 en el barrio de Santa Úrsula, una vez rural, que cedió ante el imparable crecimiento de la Ciudad de México. Bajo la gestión de Ernesto P. Uruchurtu, ese terreno fue transformado en un vasto complejo urbano. Sin embargo, un pequeño terreno, mantenido en pie por su obstinada dueña, casi descarrila el ambicioso proyecto.
Hoy, ese espacio desafiante es conocido como El Sol Rojo, una escultura de Alexander Calder que se convirtió en un símbolo de la perseverancia, exhibiendo cómo una casa anónima pudo resistir el impulso de un gigante arquitectónico.
La construcción del Estadio fue un reflejo de la modernidad. Inicialmente concebido como un rectángulo a la antigua usanza de los estadios ingleses, fue la visión de Luis Alvarado Escalante la que le dio forma a la curva icónica que lo distingue, gracias a cálculos precisos que garantizan una visibilidad excepcional.
A pesar de que su inauguración estaba prevista para 1964, el Estadio Azteca abrió sus puertas el 29 de mayo de 1966, en un evento que reveló la magia de lo que estaba por venir, aun sin su famoso techo.
El Nacimiento de la Fiesta
El 31 de mayo de 1970, la escena se iluminó por completo: la duda que había surgido en aquel bar nipón se disipó al comenzar el Mundial. Con el estadio lleno y la mirada de 700 millones de espectadores sobre ellos, México se enfrentó a la Unión Soviética, marcando el inicio no solo del torneo, sino también de una nueva era en la transmisión del futbol, gracias a la invención de Guillermo González Camarena que trajo el color a las pantallas, convirtiendo el juego en un estallido visual.
Hoy, casi sesenta años después, el Estadio Azteca se prepara para su última transformación, consagrándose como el primer y único estadio en albergar tres mundiales. El 11 de junio de 2026, México volverá a ser protagonista al enfrentar a Sudáfrica, reafirmando su legado en la historia del futbol.
Aunque la figura de Manuel Seyde ya no está entre nosotros, su espíritu perdura en cada rincón del Azteca, recordándonos que este emblemático edificio no es solo concreto y acero; es el resultado de una audaz declaración de amor al futbol, un brindis por el destino en un bar lejano, donde decidimos que, si no teníamos un equipo a la altura, al menos tendríamos la catedral más imponente de la historia.
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